Al día siguiente me
encontraba en la cocina diminuta con otros 9 estudiantes. La residencia contaba
con 4 plantas aproximadamente 50 habitaciones por planta, algunas habitaciones
eran para una persona, y otras para compartir entre tres. Cada planta tenía una
cocina para repartir entre los 80 estudiantes. La cocina era minúscula, por lo
que teníamos que hacer cola para usar el fogón. Al ser tantos solíamos
coincidir en la cocina. A veces simplemente, para hablar y conocernos.
Ese día estábamos reunidos
7 estudiantes, entre ellos turcos, polacos, un escocés y una rumana. Era
enriquecedor ver tantas culturas juntas y conocer los diferentes pensamientos e
ideologías de cada uno. Ya que apenas había sitio en la cocina, unos estaban de
pie, otros en las sillas y yo apoyada en la ventana, enfrente de la puerta. A
pesar de haber tanto “enriquecimiento cultural” cada vez que alguien entraba
por la puerta me ponía nerviosa pensando que podría ser aquel desconocido del
día anterior. ¿Por qué estaría nerviosa si lo acababa de conocer? De repente,
se abrió la puerta, no porque lo viera, si no por el chirrido que hacía la
puerta vieja al abrirse. Mis ojos se dirigieron hacia la entrada mientras mi
compañero turco, Ümit, continuaba hablando en un inglés que costaba bastante
entender. Al abrirse la puerta, durante unos segundos mi corazón se paró, no sé
muy bien si era por el frío que entraba de fuera o porque entró él, el polaco.
Sin embargo, noté como me empezaba a subir calor por el cuerpo y me estaba
poniendo roja como un tomate. Él me sonrió y me saludó, se quedó un rato en la
cocina y se volvió a marchar. Ese fue el único contacto que tuve con él aquel
día.
Cuarto día en la
residencia. Los estudiantes planeaban una salida al billar en “Hlavna ulice”el
centro de Kosice, -¿por qué no? No se me da bien, pero seguro que nos
divertimos, pensé-. Habíamos quedado en el pasillo de la residencia, en el
tercer piso, donde yo vivía (compartiendo habitación con otras dos estudiantes,
Melitta (rumana) y Fulya (turca). Cuando me fui acercando al punto de encuentro
de repente le vi. Ahí estaba, esperando a los demás, con su sonrisa perfecta,
sus gafitas, y algo extraño tenía en la mano. Una caja larga rectangular. Nada
mas verme me sonrió y me pidió si le aguantaba la caja misteriosa porque tenía
que ir a su cuarto un momento. Mientras tanto me fijé hacia dónde se
dirigía, así poder saber dónde vivía. Entró al cuarto de enfrente de la cocina,
¿cómo no le habría visto más veces? Volvió y sin más se la di de vuelta,
no pregunté qué era aunque tenía curiosidad.
Llegó el momento de
irnos hacia el autobús para dirigirnos al centro y me junté con otro grupo de
estudiantes, entre ellos Charly, mi querido amigo malagueño. Charly era el
típico andaluz “salao” que siempre te sacaba una sonrisa, siempre te hacía reír
y te animaba aunque él estuviera por los suelos.
Tras 15 minutos
de viaje nos bajamos del autobús en la parada del centro comercial
Aupark. Al bajar del autobús nos hicimos una foto todos juntos
para inmortalizar ese momento. El polaco se me acercó y me dio de
nuevo su caja para cogérsela mientras se ataba los zapatos. ¿Casualidad? Desde
aquel momento, empezamos a hablar durante toda la calle Hlavna ulice camino hasta “Relax billiard club”.
Ahí por fin descubrí su nombre, Bartlomiej, polaco 22 años, pero le llaman
Bartek. Primera vez que escuchaba tal nombre, por lo que aunque intenté
acordarme, poco tiempo duró en mi cabeza.
Durante ese camino le
pregunte sobre su novia, ya que le vi corriendo tras ella en la fiesta donde
nos conocimos. A lo que me contó que era una chica con la que había estado,
pero que ya se había acabado. Sin saber por qué, mi corazón dio un suspiro de
alivio.
Entramos todos los
estudiantes a la sala de billar. Ahí apoyó su caja y la abrió, todos curiosos
nos pusimos a mirar el interior, era el palo con el que se juega al billar, ¡el
polaco era profesional! Por lo que por una vez se me ocurrió una buena
idea, (peliculera ,por supuesto). ¿Y si me ayudara a jugar al billar, el roce,
quiero decir, que me enseñara a jugar porque yo no sé (cosa que es cierta)?
Mientras mis ojos hacían chispitas y mi estómago mariposas se me adelantó otro
chico, Momo, un medio español- moro, se acercó a mi y me dijo “Loida, ven que
te enseño” . Me agarró por la cintura con intención de ¿enseñarme a jugar? ,¿
tener más acercamiento? No me importaba su interés ya que yo no quería perder
mi oportunidad de tener más contacto con Bartek. Así que miré a mi amigo Charly
con cara de “ ¡sálvame! Yo quiero "aprender" con el polaco, no con
éste!” (sí sí, todo eso con la mirada, y ¡ me entendió! ) así que gracias a
Charly pude soltarme y le pedí a Bartek que me enseñara. Por un momento
me sentí como el videoclip de David Bustamente y Alex "Dos hombres y un destino". Sólo me faltaba el ventilador dándome en la cara y soltando la
melena al viento. Me puse muy , muy nerviosa estando cerca de él, incluso
recuerdo ese momento tan incómodo en el que el bigote , o mejor dicho el labio
superior,se me llenó de" pompitas "de sudor por nervios... ¡Que vergüenza
pasé! Ya podría ser como el eslogan ¡Cuando haces pop ya no hay stop!
Le vi jugar y era muy
bueno, ¡me sorprendí! De vez en cuando se giraba a mirarme y me ponía “tontita
como una adolescente”. Evidentemente ganó las partidas a todos los que
estábamos allí, hasta a Momo, que también era experto. La verdad, todos nos
alegramos porque Momo era un chico bastante prepotente y creído, sin embargo
Bartek era un chico humilde, por lo que todos disfrutamos de su victoria.
Salimos del billar, Bartek y yo no paramos de hablar todo el camino. ¡Me sentía tan cómoda! No le
conocía de nada, pero sentía que podía hablar y hablar de cualquier cosa.
Simplemente mostrándome yo misma. Es como si le conociera de toda la vida. Tal
vez suena peliculero, pero así es como me sentí. Antes de llegar a la
residencia, Bartek nos propuso a todos ir a cenar a Borzelino Pizza, un trozo
de pizza enorme por un euro, y según él, el mejor sitio de pizza de todo el
mundo. Nos dijo” Esta es la mejor pizza del mundo” y yo le contesté”
algún día nos veremos las caras en una pizzería de Mallorca, Monkey, ¡esa es la mejor pizza
del mundo! Y ya me dirás si tengo razón” ,“vale, vale ya veremos” me dijo él
mostrando una sonrisa pícara .
De vuelta a la residencia otra vez nos juntamos y pasamos todo el camino hablando. Vimos el autobús a lo lejos, por lo que todos los estudiantes empezaron a correr, menos yo, él me miró , dejó de correr, y dijo “Bah, podemos esperar a coger el siguiente, ¿damos un paseo?”
De vuelta a la residencia otra vez nos juntamos y pasamos todo el camino hablando. Vimos el autobús a lo lejos, por lo que todos los estudiantes empezaron a correr, menos yo, él me miró , dejó de correr, y dijo “Bah, podemos esperar a coger el siguiente, ¿damos un paseo?”

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